"La
gente vivía encantada en éste como limbo de la monotonía y la
rutina.. La potestad paterna y sacerdotal eran tenidas como fuero
divino. Los padres concertaban los matrimonios entre sus hijos y sus
hijos se sometían.
La
vida de estos magnates, sin política, sin finanzas, sin prensa, sin
espectáculos, sin clubes, sin cafés, sin parrandas, tenía que
apacentarse en los remansos de la religión y del hogar, con alguna
sal idilla a sociedad. En efecto, se levantaban con el alba,
desayunaban, iban a misa, volvían a tomar la media mañana, se iban
al río, a pie o caballo, almorzaban a las ocho, echaban siesta hasta
las 11, tomaban el piscolabis, daban otro trasiego, o bien a la una,
iban a visitar al santísimo, tomaban la media tarde; se iban de
caminata a las cuatro, con tertulia y paliqueo. A las seis rezaban el
rosario, y si era en invierno, jugaban hasta las ocho o nueve, se
llenaban y... A dormir. Si en el verano, salían de visita casi
siempre con la mujer; el envuelto en su capote; ella en su
mantellina, muy custodiados de dos negros, que los alumbraban con
faroles. Y ¿se hacían aquellas señoronas, sin modas ni
espectáculos? Rezar, comadrear, como ahora; y, a falta de bailes y
teatros, lugar de noche que aquello era".
Tomás
Carrasquilla
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